Domingo por la mañana.
Celeste su alma como el aire de esta tierra limpia. Diáfanos los pulmones de serenidad… suave la piel del tacto recobrar… despierta la mirada tras poder descansar… y disfrutar… el increÃble paisaje de trigales adormecidos en mi lecho…Los árboles aún verdes de un tardÃo otoño se mecen en el parque… y yo me dedico a percibir todo con los ojos del placer…
Lejanos los mundos oscuros de la impiedad, los muros de la mentira, los rÃos de la inmundicia. Distantes e incomprensibles las aureolas fuliginosas del hastÃo… A partir de las mejores intenciones el deseo suele llevar a los sótanos más indecibles. Que dirÃan los sueños al toparse con tamaña rendición y angustia, con aquella vida mediocre de metas materiales banales y discusiones absurdas por la posesión de la nada…
Aun cuando hayás cruzado los valles más inertes del arenal de la apatÃa la simplicidad puede volver a agitarte los bellos y erizarte de regocijo. Trascendiendo el castillo de los desaciertos todo cierre es completamente insuficiente ante la sola sensación placentera de la contemplación.
Es que cuando te atrapa la mirada este acto tan propio de lo irreal, cuando te delata la insania de suponer que todo cobra sentido desde la quÃmica de la pasión y te sentÃs capaz de liberarte a ese espacio de desobediencia, ahà como si fuese posible la existencia de la magia tal como desde el imaginario se lo percibe, allà y de esa manera todo lo demás se derrumba. Todo pasado o presente, toda ridiculez propia del egoÃsmo y la mediocridad encuentra un túnel, un pasaje singular hacia lo trascendente.
Claro está que el otro no es lo que uno ve o ensueña sobre el otro…. sin embargo a veces un hombre puede darse el lujo de ser ingenuo y dejarse ser… sobre todo cuando ese otro es una hermosa mujer… toda una mujer en cada una de sus actitudes, pensamientos y sentimientos, en sus acciones, en su belleza… en sus silencios, sus gestos, sus anhelos…
Y allà sigue ella, durmiendo, con la misma paz que trasmite su presencia, con la exacta tranquilidad que guarda su ritmo al habla, con esas pecas suaves que en su rostro hacen desbaratar mis miramientos…
Sólo supera esta inefable instantánea, admirar su natural dulzura hacia sus chicos… almas afortunadas…
Celeste… que más decir… Domingo en la mañana… el cielo y mi mundo… están celestes…
